Sala de espera

He trapeado casi toda la casa y ahora sí, faltando limpiar y ordenar una pieza, parece una casa. Pero sin el bebo todo está quedo y raro. A ratos afuera alguna gente grita aleteando el deseo de un gol peruano, pero solo eso. Y nosotros que tenemos que trabajar de noche y no hemos descansado nada sufrimos de impotencia esperando que me llamen o toquen a la puerta y me digan o me traigan a mi pequeño ya sano y a leguas de distancia de la maldita sección de emergencia de un maldito hospital del Seguro. Esta sala es una Sala de Emergencia.

Domingo de madrugada

Estos chicos no dejan de joder incluso en temporada de frio. Ponen la música a todo volumen, visten politos de verano, parecen fumar leña y beben cerveza con el gesto propio de quien está tomándose la vida. Luego, apagado el ruido, acabada la fiesta, echados a la calle, se están eufóricos, sentados en una vereda, conversando con el corazón acerca de cualquier cosa irrelevante y aún con licor en las manos y en el gargüero. Yo los veo todavía gritones, aunque ya patéticos, a las siete de la mañana cuando paso a comprar los panes y el periódico. No envidio su vitalidad ni canto su dispendio sino resumo la bronca que me da preguntarme sin encontrar una puta respuesta cómo lo hacen, cómo después, en medio de la resaca, no abominan del pisco, la cerveza y la farra toda.

Pelotón

Hasta hace unos años, vez que la veía vez que creía descubrir algo no visto la anterior. Me pasaba también con La pandilla salvaje. Pero el tiempo y la realidad han superado al Stone de los ochenta y a su película insignia. Afortunadamente no se han presentado nuevas ocasiones y por supuesto que no somos los mismos.

Los propios años del servicio militar fueron desacralizando la cinta de tal manera que ya hoy no pesa tanto como hasta antes de la milicia. Pero hasta que la vi todo el género bélico previo era incontestable. Después, todo es discutible. La primera escena de combate, y todas las demás, el sonido de los tiros, tan diferente en aquellas cintas de guerra de décadas anteriores, fue un golpe al corazón y a las querencias de la niñez, a tantas películas vistas colgado de los ventanales.

Me explico. Las películas de guerra de antes tenían en el furor de los combates un prístino eco de estudio. Un eco metálico, digamos; falso, falsario o estilizado hasta el extremo. Cuando vi Pelotón abrí los ojos. Cuando tuve en mis manos por primera vez en la vida un fusil sentí miedo, un terror bárbaro.

Hay una manera de hablarles a los hombres

Hay que intentarlo, ¿no? Solo Dios y los imbéciles no cambian. 
¿Escribiré algún día siquiera un parrafito aceptable?, me preguntaba a los catorce años cuando trataba de plagiarle el estilo a Mariátegui. Ahí nomás, a los quince, pretendí ser criminal con las frases largas y asfixiantes igual que Gregorio Martínez en sus artículos periodísticos. Poco después, nunca dejaré de agradecérselo a La República de los comienzos, supe de un estilo funcional que recurría por igual tanto a las frases largas como a las cortas. No sabía entonces que Mario Benedetti podía ser al mismo tiempo que interesante, novísimo (estaba en la provincia y en ella no sabía nada de literatura salvo del Julio Ramón Ribeyro de Al pie del acantilado y El próximo mes me nivelo) en la prosa, aburrido y cansino en la poesía.
Aquella frase: “Hay una manera de hablarles a los hombres…” no deja de conmoverme.