Hay una manera de hablarles a los hombres
Hay que intentarlo, ¿no? Solo Dios y los imbéciles no cambian.
¿Escribiré algún día siquiera un parrafito aceptable?, me preguntaba a los catorce años cuando trataba de plagiarle el estilo a Mariátegui. Ahí nomás, a los quince, pretendí ser criminal con las frases largas y asfixiantes igual que Gregorio Martínez en sus artículos periodísticos. Poco después, nunca dejaré de agradecérselo a La República de los comienzos, supe de un estilo funcional que recurría por igual tanto a las frases largas como a las cortas. No sabía entonces que Mario Benedetti podía ser al mismo tiempo que interesante, novísimo (estaba en la provincia y en ella no sabía nada de literatura salvo del Julio Ramón Ribeyro de Al pie del acantilado y El próximo mes me nivelo) en la prosa, aburrido y cansino en la poesía.
Aquella frase: “Hay una manera de hablarles a los hombres…” no deja de conmoverme.
