Domingo de madrugada
Estos chicos no dejan de joder incluso en temporada de frio. Ponen la música a todo volumen, visten politos de verano, parecen fumar leña y beben cerveza con el gesto propio de quien está tomándose la vida. Luego, apagado el ruido, acabada la fiesta, echados a la calle, se están eufóricos, sentados en una vereda, conversando con el corazón acerca de cualquier cosa irrelevante y aún con licor en las manos y en el gargüero. Yo los veo todavía gritones, aunque ya patéticos, a las siete de la mañana cuando paso a comprar los panes y el periódico. No envidio su vitalidad ni canto su dispendio sino resumo la bronca que me da preguntarme sin encontrar una puta respuesta cómo lo hacen, cómo después, en medio de la resaca, no abominan del pisco, la cerveza y la farra toda.
